Domingo II tiempo de cuaresma

Jesús nos ha llamado a un discipulado fuera de serie, con él todo es distinto, todo es novedad, es dar pasos, aún en el cumplimiento de las profecías, en un camino sin precendentes.

Un día nos llamó al discipulado, y de repente te toma, te agarra y te conduce al lugar del aprendizaje; lugar poco convencional para dar una clase de oración y divinidad y sus misterios, lejos de pizarras y libros, te hace subir al monte, lugar privilegiado de las manifestaciones divinas.

Y así de repente llega el momento de la manifestación; Jesús ora y se  transfigura. Jesús resplandece en su rostro y sus vestidos se hicieron de una blancura fulgurante, y además entra en diálogo con Moisés y Elías sobre la experiencia de pasión y muerte que ha de experimentar por la salvación. Es esta una revelación que guarda una íntima relación con la Sagrada Escritura, como testimonio de que tanto la Ley como los Profetas aprueban la misión que Jesús esta realizando.

Discípulos que por estar cargados de sueño no participan de la revelación plena que recibe Jesús, pero alcanzaron a "ver su gloria"; ¡Qué se iban a imaginar aquellos discípulos que una oración produjera aquel cambio en Jesús! y es entonces que en medio del asombro, nace el deseo de permanecer en esa gloria que los cubría, por eso la necesitad de construir chozas.

Hay un camino que es necesario recorrer para poder llegar a esa gloria, el camino del dolor, del sufrimiento. Un camino que debe recorrer todo discípulo, siguiendo las huellas de Jesús, obedeciendo a la voz del Padre, escuchando su mensaje de salvación.

(P. Deiby Sánchez - @pdeibysanchez )

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