Apuntes de Teología: Arrio
Arrio
Arrio nació
en Libia, se educó teológicamente en la Escuela de Luciano en Antioquía. De
allí paso a Alejandría donde fue ordenado diacono y, posteriormente, sacerdote.
Hacia el 318
comenzó a predicar su doctrina teológica propia. Ese mismo año se celebró un
sínodo en Alejandría donde Arrio y sus seguidores fueron condenados y
depuestos. Aquel se volvió en busca de apoyo a sus antiguos compañeros de
estudios, algunos ya obispos, que lo acogieron con simpatía.
El peligro de
cisma que aquejaba a la Iglesia griega llevó a Constantino a convocar un
Concilio en Nicea, donde, con una participación de más de 300 obispos, se
procedió a condenar nuevamente a Arrio. Este fue desterrado por el Emperador a
Iliria, de donde regreso por orden suya el 328. En el 335 los obispos reunidos
en el sínodo de Tiro y Jerusalén decidieron readmitirlo en su rango clerical. A
punto estaba de ser reconocido solemnemente por el obispo de Constantinopla
-que había sido presionado a este fin por Constantino- cuando murió en el 336
justo el día anterior a la ceremonia.
Escribió una
carta a Eusebio de Nicomedia en la que da su versión del incidente con
Alejandro de Alejandría; otra dirigida a este último, exponiéndole de manera
cortés su teología, y una obra titulada “El Banquete”, de la que solo hay dos
fragmentos. También se conoce una carta dirigida a Constantino, en la que
intentaba probar su ortodoxia.
Su teología,
presentada muchas veces y de manera errónea, como una teología que pretendía
fundamentalmente revalorizar la humanidad de Cristo, las tesis arrianas
constituían, en realidad, un hibrido de paganismo y cristianismo. Partiendo
erróneamente de la base de que Dios no solo no puede ser creado, sino que
además debe ser ingénito, negaba la divinidad del Hijo. Ahora bien, dado que
tanto la Escritura como la teología cristiana habían abogado de manera unánime
siempre por defender que el Hijo era Dios, Arrio optó por considerarlo “dios”
(con minúscula), es decir, un ser dotado de divinidad, pero creado, que tuvo
principio y que no era de la misma sustancia que el Padre. El Logos era así un
ser creado intermedio entre Dios y el cosmos. El Espíritu Santo era una
criatura del Logos, y menos divina que este, que se hizo carne en el sentido de
cumplir en Cristo la función de alma. La tesis, que tomaba mucho del
neoplatonismo, que pretendía la existencia de seres intermedios entre Dios y la
creación, fue aceptada por muchos en cuanto tendía un puente claro de conexión
con el paganismo.
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